Las mujeres trans mayores han pasado del maltrato en el franquismo a una desprotección social que las obliga a continuar en la prostitución a los 60 años

16 mar 2018

El Cabildo de Gran Canaria acogió anoche el emotivo acto por el Día de la Visibilidad Trans de Gama en el que tuvieron especial protagonismo las mujeres mayores, que no solo sufrieron la doble discriminación de ser mujeres y transexuales, sino que han pasado de haber sido maltratadas en la época del franquismo y excluidas del mercado laboral a ser un colectivo  sin protección social que obliga a muchas a continuar prostituyéndose.

El encuentro contó con el relato de las duras vivencias de varias de ellas que quisieron sincerarse con el público y recibieron el sentido agradecimiento de los asistentes en general y de la madre de una niña trans en particular, ya que lo tendrá mucho más fácil porque estas mujeres le abrieron el camino. “Nosotras no estaríamos aquí si antes no hubieran estado ustedes”, les agradeció entrecortada en un acto que fue un diálogo entre generaciones.

El presidente del Cabildo de Gran Canaria, Antonio Morales, dio la bienvenida al colectivo, que días atrás le pidió que abriera las puertas de la Institución a este encuentro, tal como hizo como muestra del compromiso insular con el derecho a la diversidad, y les manifestó no solo su apoyo, sino su respeto.

“Estas acciones no resuelven las injusticias sufridas, los daños causados, las infelicidades impuestas, pero nos permite ver la luz después del fanatismo y la intransigencia de una cultura represora que estamos dispuestos a que sea historia”, exclamó junto a María Nebot, consejera de Igualdad, quien recordó que la Organización Mundial de la Salud aún considera la transexualidad como una enfermedad mental.

Montse González fue la primera en exponer una parte de su vivencia. “Ser transexual en la época franquista era ser vejadas, amigas mías fueron enviadas a dos centros de la Península y a cavar piedra en una cantera de Fuerteventura, teníamos que correr de la policía y escondernos”.

La sociedad “fue la que más daño nos hizo por no comprendernos, pero lo de sentirme mujer no me lo va a poder quitar nadie, ni me lo quitaron entonces ni me lo van a poder quitar nunca”, expresó la mujer, quien dijo que ahora ya no pide respeto, la sociedad ha cambiado, aunque no del todo, y, en cualquier caso, ya está “vacunada”.

Ahora lo que pide es protección social, un lugar en el que refugiarse porque no solo están abocadas a continuar en la prostitución, sino que a su edad tampoco es una opción, de modo que su situación y la de otro medio centenar de mujeres que atiende Gama es de absoluta vulnerabilidad social.

Pau Joan Disardi solo tiene 24 años y aseguró que en su caso el mayor daño se lo confirió él mismo por los prejuicios que no le permitieron ser quien es hasta que a los 23 años acudió a Gama y se “deconstruyó”. Ahora lleva nueve meses de hormonación, eso sí, después de haber pasado por un siquiatra público que le dijo “que no estaba loco”, cosa que ya sabía.

Eliminar los siquiatras de las unidades médicas es precisamente una de las demandas del colectivo, que solicita médicos de Atención Primaria formados y endocrinos suficientes para no tener que esperar meses para poder iniciar el proceso de tránsito y tener que usar mientras prendas que escondan atributos como el pecho porque dejaría de ser visto como un hombre, citó como ejemplo, si bien tenerlo o no tenerlo no cambia el hecho de que lo sea.

Senci Domínguez condujo al público por una experiencia muy distinta a las anteriores, la de una madre a la que su hija le dijo un día que era un chico en medio de un llanto tan desesperado que la impresionó, una intensidad posiblemente cargada de contención y también de alivio.

Aceptar la transexualidad desde fuera es distinto a que “te toque”, y aunque estaba dispuesta acompañar a su hijo en su nuevo camino, le entró pánico y le pidió unos meses de adaptación.

Luego todo fluyó, comenzó con un corte de la melena, el día más feliz del menor, y a partir de ese momento el trayecto se convirtió en una experiencia maravillosa gracias también a las personas que fue encontrando por el camino, por eso apostó por seguir reeducando a la sociedad desde el cariño como mejor opción.

Montse no dejó de asentir a su lado todo el rato, pues las vivencias actuales en nada se parecen a las suyas, pero cuánta razón tiene por ejemplo Joana Cabrera, conductora del acto y médico de Atención Primaria, cuando ante las dos puertas de un baño, el de hombre y mujer, se queda mirando para decidir en cuál entra.

“Deberían ser como los de los aviones”, sin asignación por género y no pasa nada, apuntó Márgaret tras el comentario de una profesora que preguntó por las acciones desde el ámbito de la educación, ya que en Finlandia los baños no tienen asignación y en Suecia los términos ya son neutros, algo que su lengua permite con mayor facilidad que las románicas, en las que hay que hacer verdaderos malabares, incidió Joana, quien se definió como transgénero, una palabra que cuando oyó por primera no pudo evitar exclamar que no sabía que existía un término para cómo se sentía.

Pero sí, “bonito es ahora, con padres y madres defendiendo los derechos de sus hijas y sus hijos, ole, nosotras no lo tuvimos, todavía nos tiran botellas”, exclamó Margaret, que fue expulsada de Teror por los municipales. Ana no lo tuvo mejor, su padre era militar y mujer como se sentía se creció en una plaza del Ejército y no se reveló hasta los treinta. No solo cayó en la prostitución, lo que “no es una vergüenza, vergüenza es robar”, también cayó en la droga, y se lo cuenta “a la juventud para que no se deje engañar”.

Y aunque salió a relucir la mala experiencia de un chico trans en un colegio de monjas, también se dan casos como el suyo en el que una institución católica, Vía Teresita, no tuvo problema alguno en aceptarla como mujer y sacarla de la droga. Total, que ahora Ana lleva 20 años en Gama y ella es la institución en el colectivo, bromearon.

A Raquel Farray su familia sí que la aceptaba, y ello a pesar de su incultura, el problema es que era ella misma la que no se aceptaba, la llamaban “maricón”, le dolía, se sentía defraudada, la detenía la policía, tenía que pagar 10.000 pesetas y se sentía una delincuente, no solo ella, Paloma tenía que saltar el Guiniguada y llegaba a Barranco Seco para esconderse.

Farray tuvo suerte porque encontró su salida como peluquera y cantante, no tuvo que prostituirse, sin embargo fue violada por un policía de Franco, un capítulo que no quería mencionar, que sucedió hace mucho, pero que aún tiene tan grabado que la entrecortó, aunque un aplauso la arropó rápidamente.

Fue el momento que no quiso desaprovechar la madre de la niña de ocho años para agradecerles el camino que han abierto, de hecho, acudió al acto porque sentía la obligación moral de hacerlo en alto y en público, aunque también hizo un llamamiento a la sociedad actual para que cuando defienda a las mujeres, no sea solo a las que tienen vulva, sino también a las que “tienen pene para que no tengan que mutilarse para ser perfectas”.

Por todo, la conclusión expresada de distintos modos en el Patio del Cabildo fue que cada persona debe vivir como lo sienta y de ningún otro modo. Y aunque de momento son necesarias las etiquetas porque “lo que no se nombra no existe” y ya no vale la binaria de hombre y mujer, sino que hacen falta más casillas, la tendencia tiene que ser que llegue un momento en el que, cuando todas sean aceptadas y todas valgan igual, desaparezcan y ya solo quede la única etiqueta de ser personas.

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