Historia de Gran Canaria

Es de creer que esta isla de Gran Canaria, favorecida por una particular influencia de las estrellas […], ha tenido el primer lugar entre las demás Afortunadas. […] Antiguamente fue tan fértil y abundante de bienes, […] y los hombres tuvieron tanto valor y astucia, que en muchas cosas […], se pueden comparar con naciones nobilísimas, según en su tiempo se dirá, no sin admiración. (TORRIANI, Leonardo. Descripción e Historia del Reino de las Islas Canarias).

Ni la cultura, ni la religión, ni la estructura social de los primeros pobladores de Gran Canaria, que desde antiguo fueron llamados por las crónicas canarios o canarii, sobrevivieron a la colonización de los castellanos una vez Pedro de Vera hubo terminado la conquista de la isla en 1483. Como en el resto del Archipiélago las tierras y las aguas fueron repartidas entre quienes participaron y financiaron la conquista con la que, por otra parte, no acabaron las pretensiones de otras potencias de la época por hacerse con el control de las mismas, como fue el caso de Portugal, que buscó los derechos sobre las islas hasta que se hubo firmado el Tratado de Tordesillas en 1494.

Si los restos arqueológicos y los testimonios de los cronistas nos hablan de una sociedad aborigen rica y compleja en sus formas (las más complejas, hasta la fecha, de todo el Archipiélago), en un estadio social de "jefatura" y dotado de unas estrategias de ocupación del territorio y organización socio-religiosa que la hacen más cercana a las sociedades estatales históricas que a las sociedades tribales prehistóricas; el siglo XV finaliza abriendo Gran Canaria a una nueva etapa en su historia donde habrá de servir de modelo colonial (en la estrategia de colonización y organización del Archipiélago); punta de lanza política (en la ocupación del territorio por parte de la Corona de Castilla, pues el Archipiélago estaba hasta esos momentos en manos de la nobleza); y finalmente capital administrativa de un territorio cuya incorporación preparó a Castilla para la enorme tarea que se encontraría años más tarde con el descubrimiento y conquista del continente americano.

No en vano, Gran Canaria o Canaria, pues por ambos nombres se la conoce desde los primeros tiempos, albergará en su seno las instituciones representativas del Estado hispano en la región: Real Audiencia de Canarias desde 1526, símbolo del poder judicial; Obispado de la Diócesis Canariense (1485), que abarcaba las siete islas y representaba el poder religioso; Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Canarias (1501), instrumento represivo que también permitió el afianzamiento del control estatal sobre la población y por ende sobre el territorio; y, hasta la implantación de la figura del Capitán General, en el último tercio del siglo XVI, fue el Gobernador de Gran Canaria el que supervisara la infraestructura militar en un Archipiélago que nunca dejó de ser objetivo para los rivales de la Monarquía Hispánica en su lucha por la hegemonía imperial.

Instituciones que, por otro lado, provocaban frecuentes conflictos de jurisdicción con los organismos locales, hasta el punto de que el Cabildo o Concejo de la Isla, máximo representante del poder municipal, pidiese a la Corona, cuando se crea la figura del Capitán General en 1589, que se abstuviese de fijar su sede en esta isla, como en principio se había proyectado. Habrá que esperar al siglo XVII para que esta figura, que representaba una mayor centralización política, volviese a aparecer en la Isla, convirtiendo a Las Palmas de Gran Canaria en la sede de la defensa militar del Archipiélago.

Fue Gran Canaria modelo para la implantación del sistema administrativo castellano en la totalidad del Archipiélago, como correspondía sin duda a la primera isla conquistada en nombre de Castilla (y no de un señor particular) en el proceso de penetración europea en esta parte del Atlántico. Así, las primeras disposiciones legales respecto a la gestión y organización del territorio canario quedarán recogidas en el llamado Fuero de Gran Canaria; el sistema de pesos y medidas, así como el valor monetario, tendrán un carácter propio, dando lugar a la llamada moneda de canaria; y las estrategias de explotación económica serán experimentadas primero en Gran Canaria, que duda cabe que empujado todo ello por la irreversible cronología de la Conquista, pues fue la primera isla en conquistarse. La concesión en los primeros años del XVI del título de Muy Noble y Muy Lea a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria no hizo sino reflejar la pujanza económica y social de la Isla.

Así, el siglo XVI tiene para Gran Canaria una relevancia especial: aún no ha terminado de difuminarse la sombra de los Guanartemes (envueltos los canarios supervivientes en el seno de la nueva sociedad) y los nuevos pobladores (extremeños, andaluces, castellanos, portugueses, genoveses, flamencos, moriscos, judeoconversos de toda la Península y africanos, estos últimos como mano de obra esclava la mayoría de las veces) comienzan ya a repartir el territorio e instalar los primeros ingenios, que tanta riqueza trajeran hasta su colapso final en el último cuarto del siglo. La riqueza permitió el aumento de la población y la fundación de nuevos lugares: Telde, Gáldar, Guía, San Lorenzo o el Lugarejo, La Vega, Arucas etc. fueron pagos que fructificaron al amparo de la riqueza que el cultivo de la caña y la escasa estratificación social extendían por todas partes; y se levantan iglesias, ermitas, palacetes y casas por doquier que son testimonio de esa prosperidad y cuya huella arquitectónica ha llegado hasta nosotros.

Se configura una sociedad de frontera, dúctil y flexible, de múltiples influencias culturales y religiosas, pero castellana en las formas, cosa que la Corona, apoyándose en la Administración, se encargará de recordar. En el nuevo territorio ávido de gentes que lo ocupen y defiendan frente a otras potencias caben todos, pero la bandera, la organización y la ordenación social son de Castilla.

Toda esta prosperidad económica, política y social, si bien se fue eclipsando conforme avanzaba el siglo por la pujanza de los mercados americanos y la escasa visión de los poderosos, que anduvieron lentos a la hora de reconvertir el sector, tuvo otras consecuencias: colocaron a Gran Canaria en la órbita internacional, despertando el interés de las potencias europeas que ansiaban dominar las rutas atlánticas del Imperio español. Así, la isla, como todo el Archipiélago, sufrirá los ataques de los corsarios y piratas ingleses, franceses y holandeses, así como berberiscos, durante todo el siglo XVI.

Sin embargo, hemos de destacar dos grandes episodios bélicos que marcaron el fin de la prosperidad económica insular y la pérdida de gran parte de su preeminencia política. En primer lugar, los intentos de los corsarios británicos Hawkins y Drake, que en 1595 atacaron la Isla con sus 27 navíos siendo rechazados en la bahía de la Isleta y en la costa del sureste, en lo que fue uno de los episodios que más gloria dieron a la Isla en la Edad Moderna. En segundo lugar, casi seguido en el tiempo, la invasión de Van der Does en 1599, que llegó a ocupar con 10.000 hombres la capital grancanaria, siendo posteriormente derrotado en el interior de la Isla. Detenido el almirante holandés en su deseo de penetrar hacia el interior para obtener un control más pleno del territorio, y hostigado por las milicias locales y los soldados que guardaban la Isla, decidió saquear la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y marchar previo cobro de un rescate negociado con las autoridades locales. Sin embargo, este ataque supondría un duro golpe para una isla aquejada ya por la recesión económica, la inestabilidad social y la presión política interna y externa.

Gran Canaria entra en el siglo XVII empobrecida y agotada, y empezará una larga andadura para lograr la autosubsistencia y la recuperación económica que abarcará todo el siglo. La sociedad se estratificará y volverá más rígida gracias entre otras cosas a la venta de los cargos públicos y los oficios concejiles, que se volverán hereditarios, dejando el poder local en manos de unas elites sociales bien definidas ya desde la segunda mitad del siglo anterior. La sobreexplotación de los suelos que provocase el cultivo de la caña y la disminución de los recursos hídricos por la tala continuada y el consumo de los ingenios obligará a introducir nuevos cultivos menos exigentes como el millo o maíz, que desplazará al trigo, y la cebada, entre otros. Además, las obras de reconstrucción de la capital se llevarán gran parte de los recursos por parte de las elites locales, lo cual hará más lenta aun la recuperación.

Esta recuperación es ya una realidad en el siglo XVIII. Tímida primero, pero contundente conforme avanza el siglo, esta recuperación económica devuelve a la isla cierta relevancia en el contexto regional, si bien nunca será la anterior, manteniendo su posición como capital administrativa hasta el fin del Antiguo Régimen. Sin embargo, este crecimiento contrastará fuertemente con los problemas internos, como los conflictos sociales por la propiedad de la tierra y el agua, las crisis de subsistencia o las epidemias que jalonarán el siglo. Al mismo tiempo, las luces de la Ilustración también se dejan querer por el Archipiélago, y bajo su amparo se crea el Seminario Conciliar de las Palmas de Gran Canaria o la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, que contribuyen a extender entre las elites los nuevos movimientos culturales y buscarán fórmulas para lograr la modernización social y económica, aunque sin mucho éxito. Un buen ejemplo fue la reforma de la Administración local ideada por Carlos III en 1766, que contribuyó a la independencia jurisdiccional de varios núcleos de población insulares, anticipando así la aparición de los futuros municipios.

Otro elemento que cobra auge en este siglo y será determinante en los posteriores es la emigración, especialmente a América, fruto de las carencias socio-económicas por un lado y las disposiciones regias por otro, y que favorecerán la fundación de numerosos núcleos de población en el nuevo continente. Así, los canarios se extienden por las orillas del Río de la Plata, la Luisiana española y las Antillas mayores, creando unos lazos culturales que perduran en nuestros días.

Y es que, pese al aislamiento propio del Archipiélago, Gran Canaria ha jugado a lo largo de su historia un importante papel como base de apoyo marítimo para los viajes transatlánticos desde la época de Cristóbal Colón hasta nuestros días. Así en el siglo XIX y a principios del XX se producen tres procesos históricos que determinan la vertebración de la sociedad grancanaria: la expansión colonial europea, con Gran Bretaña con un papel sobresaliente y una importante influencia en el desarrollo del puerto insular, a la vez gran puerto de escala del Atlántico Medio en la época, junto con el nuevo impulso económico propiciado por nuevos cultivos de exportación como la orchilla; la decadencia del imperio español en América; la escisión interinsular, protagonizada por los sectores económicos dominantes de Tenerife y Gran Canaria y que acabó en la división provincial de 1927, que prefigura un nuevo horizonte para la isla. Tras los paréntesis de la Guerra Civil y las dos guerras mundiales, experimenta un lento crecimiento económico al amparo del turismo y los Puertos Francos que se verá compensado con el crecimiento político tras la consecución de la Democracia y la aparición de nuevas esperanzas.

En la actualidad el gran motor económico de la isla es el turismo, que al tiempo ha sido el artífice del desarrollo del sector de la construcción. Paralelamente, la agricultura ha ido perdiendo peso y cada día hay más dificultades para los exportadores hortofrutícolas, principalmente de tomates y plátanos. Mantiene su importancia, eso sí, el puerto de La Luz y de Las Palmas, que por su superficie, su tránsito y actividad comercial está considerado como uno de los más importantes de España y del Atlántico.